La luz entrando por la ventana.![recuerdos[2]](http://elmaravillosomundodegodi.files.wordpress.com/2011/09/recuerdos2.jpg?w=249&h=300)
Abrir los ojos y ver los tuyos.
Una brazo bajo mi cuello.
Una mano rodeando mi cintura.
Tu respiración sobre mi nuca.
El despertador sonando sin parar.
Resoplidos y enojos, y el frío invadiéndote el cuerpo.
Olor a pan tostado y café.
Las hojas del diario pasando.
Risas entre manteca y mermelada.
Charlas sobre tonterías.
Dulces mañanas.
Vaivenes de la vida cotidiana septiembre 26, 2011
EL fútbol y la vida junio 26, 2011
“Hay quienes sostienen que el fútbol no tiene nada que ver con la vida del hombre, con sus cosas más esenciales. Desconozco cuanto sabe esa gente de la vida, pero de algo estoy seguro: No saben nada de fútbol” Eduardo Sacheri
Hoy cuando miraba el partido y faltaban apenas minutos para que terminara, y ya en el aire se percibía la sensación de dolor, de indignación, de odio acumulado ante aquellos que viven el fútbol sólo como un negocio. Y en la TV se enfocaban las caras de hinchas llorando, cantando y revoleando al compás la camiseta, cabezas cabizbajas, bronca contenida.![hinchada1[1]](http://elmaravillosomundodegodi.files.wordpress.com/2011/06/hinchada11.jpg?w=300&h=189)
Y mientras miraba todo esto, con los ojos vidriosos y la cabeza entre las manos, recordaba la primera vez que pisé el Monumental, con apenas diez años y poco más de un metro treinta, y mi viejo me compró gorro, corneta y bandera, y con todo el merchandising sobre mi pequeño cuerpo ingresé en esa inmensa cancha pintada de rojo y blanco, y la hinchada alentaba con toda su pasión.
Y recordé al chileno Salas, arrodillado en una esquina de la cancha y con una mano extendida al cielo, y al Enzo corriendo hacia él para festejar un gol. Al Mono Burgos, con sus rarezas y locuras y con su pelo al viento. A Aymar y Saviola, gambeteando con toda elegancia.
Pero lo que más recordé fue cuando, después del gol de Salas, saltaba de alegría sobre uno de los asientos del Monumental, y mi viejo y mi hermana me abrazaron, y compartimos uno de esos momentos maravillosos y únicos que el fútbol sabe brindarnos y que sólo aquellos que lo experimentan pueden entender de que se trata.
Fútbol, a sol y sombra abril 5, 2011
- Me había olvidado lo que se sentía, la gente, los cantos, los bombos, el olor a choripán – dijo Julio
mirando a la gente que saltaba a su alrededor.
- ¿Hacía mucho tiempo que no venías? – preguntó Bruno mientras miraba de reojo hacia la cancha donde el equipo calentaba.
- Ufff, hace tanto tiempo ya, demasiado – se apoyó la mano sobre el rostro mirando hacia el suelo – como cuarenta y pico de años.
- ¿Y venías mucho antes?
- No me perdía un partido, pibe – sonrió de costado – así lloviera a cantaros, me tomaba el 40, caminaba 15 cuadras y acá firme cantando y gritando.
- ¿Y por qué dejaste de venir? – giró el cuerpo en dirección al hombre.
-Porque una tarde que era el clásico, perdimos, y no es que no lo haya visto perder antes, pero esa vez fue diferente, no nos lo merecíamos – hizo una breve pausa con la mirada perdida – Así que cuando salí de acá fui a un bar y me agarré una mamúa como nunca me había agarrado.
- ¿Y qué paso? ¿Por qué hiciste la promesa?
- Porque cuando llegué a mi casa tu abuela estaba con contracciones y tuve que ir al hospital así como estaba, borracho y con algunos golpes que me habían dado cuando nos agarramos a trompadas con los de Atlanta.
- Y te sentiste culpable y decidiste hacer la promesa de no venir más a la cancha.
- ¡Que me voy a sentir culpable! La sargento de la abuela me hizo prometerle que no iba a venir más a la cancha o agarraba al pibe y se volvía para San Jorge.
- ¿Y por qué te dejó venir hoy?
- Porque le dije que no quería morirme sin ver un clásico con mi sangre – le dio unos suaves golpes en el rostro al joven – bueno basta de tan charla que ahí arranca el partido.
Partida noviembre 22, 2010
Su voz tranquila la hizo dormir. Su respiración se fue calmando poco a poco. Las lágrimas cesaron, a medida que las caricias le rozaban el pelo y el alma.
No hizo falta contar ovejas, ni siquiera un cuento. El sueño vino sólo y rápidamente. Ni siquiera fue necesario apagar la luz.
Afuera se oían ruidos de autos y personas que hablaban. La miraba dormir. Los pensamientos se perdían entre las sábanas. El tic tac del reloj sonaba determinante, como el martillo de un juez, como el chirrido del tren cuando se va.
Se levantó suavemente. Le rozó por última vez la fracción de rostro que le quedaba descubierto y se fue despacio y en silencio, dejando atrás al cerrar la puerta toda una historia. Trabó con llave y pidió el ascensor. En la calle hacía frío y las veredas estaban mojadas por el rocío.
La vida… septiembre 11, 2010
La vida es un tren que parte y se lleva consigo mucha gente que va hacia ningún lugar, mientras otra saluda desde el andén con los ojos vidriosos y el sabor amargo que deja la despedida.
Es una persona que camina rápidamente de acá para allá dejando a su paso un perfume de jazmines y rosas amarillas, mientras que a su lado otra disfruta del aroma en el aire.
La primavera que pinta los árboles de colores lilas y verdes, y algún que otro amarillo. Y el invierno que desnuda las plazas y los parques.
Es el tic tac que marca el galope rápido y constante de los días, agolpándose unos con otros.
Una pareja que baila en un bar, con la mirada perdida y la cabeza apoyada sobre el hombro del otro, y el hombre surcando la cintura de la mujer que se mueve con él al ritmo de una guitarra.
Las lunas que brillan en un cielo con tintes de rojo, que anuncian un despertar lluvioso y un tanto fresco. Es el sol irradiando calor y luz, y la gente recostada esperando broncearse.
Una pareja sentada en un parque acariciándose la cara y el alma, a escasos metros de otra que llora y que siente el final de una historia.
Un beso bajo la lluvia.
La nariz de un niño apoyada frente al vidrio de una juguetería.
Es un mar de dudas y certezas, de decepciones y alegrías, de golpes y recompensas.
Un vaivén de desventuras y felicidades.
Es una maravillosa sorpresa. Un descubrir constante. Una película inconclusa.
Lo que somos agosto 11, 2010
Somos los esbozos de lo que pudimos ser y no fuimos.
Somos mucho más de lo que algún día esperamos.
Somos algo indefinible, porque las palabras a veces no alcanzan y mucho menos las definiciones.
¿Y de qué sirve buscarle buenos títulos a las cosas? ¿para qué intentar encasillar lo que somos?.
Somos esto, pero también aquello. Felices en algunos momentos, en otros no tanto.
Avanzando a tientas, siendo lo que podemos, buscando lo que queremos ser.
Para entender el presente… julio 7, 2010
Mi infancia estuvo rodeada de libros. Mis padres solían comprarme muchos dado que creían que era una buena forma de diversión. Mi mamá leía bastante, y yo solía pararme, con mis apenas cientodiez o cientoveinte centímetros, frente a la inmensa biblioteca a admirar su colección de obras e imaginar el momento en que tuviera la edad – y creo que también la altura- suficiente para leerlos.
Creo que los libros marcan etapas, que, a lo largo de la vida, uno va leyendo obras que significan demasiado en ese momento en particular, con los cuales nos sentimos totalmente identificados, cambian algunas cosas, dejan muchas otras, que, al cerrar la última página del libro, uno sabe que alguna transformación adentro produjo.
Recuerdo algunos de los libros que me regalaron cuando era chica. Uno – del cual no puedo evocar su nombre, pero que aún conservó en el baúl en el que guardo mis más preciados tesoros- en el que el personaje principal era una paloma que ayudaba a un nene que se había perdido. La hermosísima historia de “Cenicienta”, que hacía soñarme una princesa esperando que mi príncipe viniera a rescatarme. Otro de los cuentos que leí fue “La Bella Durmiente”, aún hoy aparecen en mi mente sus imágenes como si las hubiese mirado ayer, los dibujos, recuerdo como solía sentarme a apreciarlos una y otra vez. “Aladín” generó que cada vez que veía una lámpara la frotase con el fuerte deseo de que de ella saliera algún genio destinado a ayudarme, lo cual, por supuesto -y a mi pesar-, nunca sucedió.
De chica disfrutaba pasarme la tarde entera en la casa de mi abuelo paterno, un hombre alto y gordo, que, a pesar de su fuerte apariencia, supo ser la persona más dulce y tierna que conocí. Su acento era una especie de mezcla entre el gallego y el español, que a muchos les costaba descifrar, pero a mí me resultaba divertido. Él nunca supo ni leer ni escribir, ya que no había podido ir a la escuela por causa de una infancia muy difícil marcada por la pérdida de ambos padres.
A pesar de no saber leer, jamás voy a olvidarme de la inteligencia y del amplio conocimiento que tenía mi abuelo Feliciano. Cada vez que iba a su casa le pedía que me cuente alguna anécdota de la Guerra Civil Española, en la que él había combatido. Hablaba con una inmensa pasión, con el tono de voz fuerte, que no lograba esconder sus ojos llorosos, la melancolía que produce el exilio, las cicatrices que dejan los años y los obstáculos. Su recuerdo y el grandísimo sentimiento por su patria, me llevaron a intentar recuperar mis raíces entre las líneas de los poemas de Federico García Lorca.
Por aquellos años, a mi hermana y a mí, nos dio una extraña obsesión por leer y coleccionar información acerca de la historia de Egipto y de las diferentes narraciones mitológicas. Tardes enteras leyendo acerca de Nefertiti o Nefertari, de las maldiciones de Tutankamon, de Ramsés o de las diferentes hipótesis acerca de la esfinge, soñando con convertirme algún día en arqueóloga y viajar al África a poder admirar los lugares que observaba en aquellas revistas y recortes.
Mi relación con la lectura fue pasando por diferentes etapas vinculadas a mis cambiantes gustos. Un tiempo fue la historia egipcia, otro fueron las novelas de terror –al estilo “Escalofríos”-, en otros las poesías de Jorge Luis Borges –siempre recuerdo una hermosa que se llamaba “Despedida”-, Pablo Neruda y Mario Benedetti, hubo períodos en los que Allende – con su atrapante historia “La casa de los espíritus” o “Retrato en Sepia”- y Sábato –con sus monólogos interiores de “La Resistencia” o “El ´Túnel”- fueron mis debilidades. Pero, a lo largo de toda mi vida, lo que se mantuvo es mi pasión por leer, por zambullirme en las palabras inmortalizadas en las hojas, por identificarme con algunos personajes o maravillarme con otros.
En sexto año de la escuela primaria, fue el primer curso en que nos hicieron leer varios libros, tarea que disfruté muchísimo, no lo sentía como un deber, sino como un placer. Uno de ellos, y el que más recuerdo, fue “A filmar canguros míos”, una recopilación de diferentes cuentos que hicieron llevadero el leerlos, divertidos, graciosos y fantasiosos. Y así, fui descubriendo lo que los relatos podían significar, porque uno cuando lee va imaginando a su modo la historia que es contada, dibujando en la mente a los diferentes personajes y lugares.![raices5001[1]](http://elmaravillosomundodegodi.files.wordpress.com/2010/07/raices50011.jpg?w=300&h=217)
“Mi planta de Naranja Lima” fue un libro que me marcó muchísimo, que dejó una huella dentro mío, esa historia no sólo me hizo lagrimear, sino que también me llevó a reflexionar muchísimo acerca de la vida, de las cosas que pasan, de los obstáculos que hay que enfrentar y la actitud que uno toma frente a los problemas. En ese momento entendí que los libros generan un cambio, no sólo sirven para entretener, sino que, al zambullirse en sus hojas, alguna enseñanza va a adquirirse, algo va a quedar.
A medida que mi pasión por la lectura iba aumentando, mis deseos de escribir también crecían a la par. Cada vez que terminaba de leer alguna obra, me decidía a comenzar a garabatear mi propio libro, el cual, al cabo de rellenar algunas hojas, terminaba por abandonar decepcionada. Pero nunca deje de intentarlo, poemas, cuentos, palabras unidas que para mí, en ese momento, tenían un significado especial, sueños que intentaba reflejar en papel, visiones del mundo desde mi propia óptica e historia.
Y leí “Estudio en escarlata” y me imagine detective, cuando fue “Romeo y Julieta” soñé mi propio amor trágico, cuando conocí a Mafalda quise cambiar el mundo a mi modo y con “La casa de Bernarda Alba” inventé ser uno de los personajes. Y así, me hacía a mí misma en base a lo que leía, a lo que otras personas habían escrito, imaginado.
Y ya de más grande, me emocione hasta las lágrimas con el personaje del Sem Pernas de “Capitanes de la arena” o con la descripción de la noche de los cristales rotos que delinea Marcos Aguinis en “La matriz del infierno”. Y el deseo de crear personajes inmortales iba creciendo, las ganas de utilizar las palabras para contar lo que sentía, las cosas que veía, lo que me sucedía. Y así, conseguí una llave de mi habitación y trababa la puerta, ponía la música no tan alta –a un volumen que me permitiera pensar- y escribía, lo que me salía, lo que quería contar.
Y la lectura también me conectaba con otros, si leía Allende debatía con mi mamá o con mi hermana acerca de sí Clara lo amaba o no a Esteban en “La casa de los espíritus”, y si leía algún cuento de Eduardo Sacheri –especialmente alguno de fútbol- lo comentábamos con mi papá, y si se trataba de algo relacionado con historia se lo contaba a mi abuelo, y así con cada persona que tenía cerca.
Y así también, es como se volvió indispensable llevar siempre en la cartera algún libro y cualquier ratito libre o momento a solas, leer aunque sea un fragmento, en la sala de espera de algún consultorio o mientras aguardo la entrada a una clase, o para distraerme un rato, para desconectarme.
Escribir se transformó en una especie de desahogue, cuando la vorágine aturde o duele el pecho o algo me tiene feliz o reflexionando, las palabras sirven para calmar, para sacar de adentro, para conectarme conmigo, para volver a poner los pies sobre el suelo y sentir que todo va volviendo a su estado habitual, o como las cosas malas disminuyen de tamaño, o que el pecho se abre o que la vida vuelve a encaminarse.
Las etapas cambian, y los libros que elegimos cambian a la par. Y se conocen personas con las que uno se va identificando, y como una especie de transferencia, uno va intercambiando libros, recomendando uno que cree que a la otra persona le puede llegar a gustar. “El lobo estepario” para los soñadores, “Un mundo feliz” para los analíticos, “Úselo y tírelo” para los ecologistas, algún cuento de Fontanarrosa para los futboleros. Hay libros para cada persona.
Y, de esta forma, por causa de mi pasión por leer, de los libros que otras personas creen que son indicados para mí, nació mi adicción a recorrer las librerías, buscando libros baratos, viejos, piezas inmortales, e irlas acumulando, por más que sepa que aún no las voy a poder leer –por falta de tiempo-, pero sabiendo que en algún momento voy a poder hacerlo.
Descubrir, entre una pila de libros viejos, “Yo, Jefe del Servicio Secreto Militar Soviético” –de Gualterio Krivitsky- con sus páginas amarillas por completo, o “Crimen y Castigo” de Dostoievski, o “La insoportable levedad del ser” de Milan Kundera. Y la emoción que provoca cuando se abre el libro por primera vez para sentarse a leerlo – con el mate por supuesto- y la contradictoria oscilación entre tristeza y ansiedad que sentimos cuando nos damos cuenta que las hojas que quedan para terminar ya son pocas.
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