El Maravilloso Mundo de Godi

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La vida… septiembre 11, 2010

Filed under: Uncategorized — elmaravillosomundodegodi @ 6:01 am
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La vida es un tren que parte y se lleva consigo mucha gente que va hacia ningún lugar, mientras otra saluda desde el andén con los ojos vidriosos y el sabor amargo que deja la despedida.

Es una persona que camina rápidamente de acá para allá dejando a su paso un perfume de jazmines y rosas amarillas, mientras que a su lado otra disfruta del aroma en el aire.

La primavera que pinta los árboles de colores lilas y verdes, y algún que otro amarillo. Y el invierno que desnuda las plazas y los parques.

Es el tic tac que marca el galope rápido y constante de los días, agolpándose unos con otros.

Una pareja que baila en un bar, con la mirada perdida y la cabeza apoyada sobre el hombro del otro, y el hombre surcando la cintura de la mujer que se mueve con él al ritmo de una guitarra.

Las lunas que brillan en un cielo con tintes de rojo, que anuncian un despertar lluvioso y un tanto fresco. Es el sol irradiando calor y luz, y la gente recostada esperando broncearse.

Una pareja sentada en un parque acariciándose la cara y el alma, a escasos metros de otra que llora y que siente el final de una historia.

Un beso bajo la lluvia.

La nariz de un niño apoyada frente al vidrio de una juguetería.

Es un mar de dudas y certezas, de decepciones y alegrías, de golpes y recompensas.

Un vaivén de desventuras y felicidades.

Es una maravillosa sorpresa. Un descubrir constante. Una película inconclusa.

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La barrera septiembre 1, 2010

Filed under: Uncategorized — elmaravillosomundodegodi @ 3:38 am
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Una tarde de abril de los años 90’, de esas que obligan a usar un sweter, pero en las que el sol aún quema un poco. Desde una de las tribunas del Club Ferro de Olavarría, lo vi correr hacia el área contraria, peinando a la pelota a su paso, esquivar algunos defensores que intentaban frenarlo en su atacada y meter un gol con la elegancia y la grandeza de los grandes futbolistas, uno de esos goles magníficos, de esos que erizan la piel, que levantan a toda la tribuna, que hierven la sangre y te movilizan a saltar el alambrado y festejarlo con el equipo.

Y no es que haya sido un gran jugador, pero ese día brilló, en las inferiores de ese equipo de barrio que debe estar en la H del campeonato. Lo vi llevar la pelota, hacerla bailar sobre el pasto, como en esas tardes de verano cuando jugamos en la canchita del barrio y se dejaba el alma, y nosotras desde afuera fingíamos relatar el partido.

Es por eso que me costó tanto verlo vencido, sin poder atacar, sin traspasar a esos defensores que un día lo voltearon, porque sé de la magia que podía desplegar, porque sé que aunque no haya sido el mejor jugador de la cancha, lo hacía con el corazón, con los huevos.

Y no es que crea que se dejó vencer sin más, no para nada. Lo vi intentar atacar con todas sus fuerzas, intentar traspasar la barrera, gambetear al destino y a esos obstáculos que te pone la vida, pero a diferencia de aquella tarde de abril de los ’90, esta vez no salió victorioso.